
Durante el verano de 2008, Baron Davis, uno de los mejores bases de la liga, se convertía en agente libre. Tras pasar tres años y medio en los Golden State Warriors disfrutando de un estilo de juego que le venía como anillo al dedo para destacar sobresalientemente, y convertirse en santo y seña de la franquicia, todo parecía indicar que su renovación estaba hecha, sin embargo, Los Ángeles Clippers apostaron claramente por él, poniéndole encima de la mesa un contratazo (más de 60 mill. $ en 5 años) difícilmente igualable por parte de la franquicia californiana. Como venganza, los Warriors se hicieron con Corey Maggette.
Como pasa siempre que un gran jugador cambia de equipo, se produjo un gran impacto en todos los medios de comunicación y páginas web especializadas. Además de Davis, los Clippers también incorporaron a su disciplina a Zach Randolph y Marcus Camby, lo que hizo que una amplia mayoría de analistas y comentaristas les diesen plaza de PlayOff fija. Nada más lejos de la realidad, la temporada fue un auténtico desastre y todo aquello que inicialmente eran buenas expectativas y elogios, se convirtieron en malos augurios y críticas.
Y muchos de estos palos los recibió el base estrella: que si había aceptado la oferta de los Clippers para tener una retirada dorada en su ciudad, que si se tiraba del barco cada dos por tres, que si cuando jugaba lo hacía a medio gas, que si no estaba motivado… sin embargo, nadie reparaba en que el cambio de ecosistema que estaba sufriendo Baron era brutal, y que había pasado de tener la bola 5 segundos en continuos contraataques a tener que sobarla durante 15 para acabar lanzando una mandarina desde la linea de tres, algo que ni mucho menos es uno de sus puntos fuertes. Davis, consciente del problema, declaró que necesitaba un periodo de adaptación e incluso reconoció que muchas veces no sabía que era lo que su entrenador quería de él. El caso es que su rendimiento distaba mucho de lo esperado, y Dunleavy le quitó la titularidad varias veces.
Total, que la temporada acabó con la peor actuación del base desde su año sophomore, allá por la temporada 00-01.
Pero Baron Davis es Baron Davis, uno de los mejores bases de la liga sin ninguna duda: destila clase por los cuatro costados, una visión de juego espectacular, su forma física es envidiable, y si bien es un poco de cristal, con salud y motivación es letal e imparable. Verle jugar es una auténtica delicia.
Y esta es la versión que está mostrando esta temporada. Tras cumplirse un año desde que llegó a los Clippers, parece que ya se ha adaptado: juega mucho más relajado, se entiende perfectamente con Camby y Kaman y su relación con Dunleavy parece mucho mejor, ya que durante los partidos se le ve sonreír continuamente cada vez que se acerca al banquillo y recibe las órdenes de su entrenador.
Con medias de 16.5 puntos, 8 asistencias y casi 2 robos por partido (y promediando 19-10 en los últimos cinco), Davis está sosteniendo un equipo que el año pasado hizo el ridículo, con un balance de 16-18 que le hace mantener intactas sus opciones de PlayOff. Y todo esto sin contar con el número 1 del draft, Blake Griffin, cuya vuelta se espera para dentro de dos semanas.
Por eso, cada vez que veo sonreír a Baron Davis en algún partido de los Clippers, no puedo evitar sonreír yo también, y es que cuando los jugones están a gusto, los espectadores nos lo pasamos bomba.
Sergio
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