
Que lejos quedan ya aquellas primeras semanas de la temporada 2008-09. Aquellos primeros partidos en los que no hablábamos de conclusiones ni de verdades absolutas, sino más bien de sensaciones y de señales. Constantes prematuras que no obstante, en muchos casos, a la postre han ofrecido una muestra fiable de lo que iba a suponer el curso para ciertos equipos.
Los Toronto Raptors se ajustan a este perfil. Muchos analistas nos apresuramos a pedir calma y paciencia tras el decepcionante inicio de campaña. El conjunto, sin tener muchas caras nuevas, mostraba unos cambios cualitativos que requerían de un tiempo de acoplamiento. No se si las cosas hubieran terminado por asentarse, no obstante, la paciencia brilló por su ausencia. El crédito de Sam Mitchell expiró tras 16 partidos y un balance del 50%.
Por ahí se comenzó a desmoronar el proyecto de los Raptors. En todos los deportes, el movimiento del cambio de entrenador se entiende como un efecto de reacción. Un uno que ejerza sobre el todo. Hay casos en los que funciona. No ha sido el caso de los Raptors. La descompensación del equipo, la imposible convivencia de Chris Bosh y Jermaine O’Neal en la pintura, la irregularidad de Andrea Bargnani y las lesiones de Calderón minaron cualquier rémora de reacción.
Tras el infructuoso cambio de técnico, los Raptors optaron por enterrar su proyecto de esta temporada poco antes de que terminara el plazo de fichajes. La muerte prematura de la pareja Bosh-O`Neal deja en mal lugar a Brian Colangelo, quien sacrificó la profundidad del equipo en favor de tener la que muchos apuntaban como la mejor pareja interior de la Conferencia Este. Bien es cierto que todo el movimiento de Jermanine O’Neal ha retratado parcialmente a Colangelo, no obstante, sería injusto apuntar solo al General Manager como culpable de la debacle canadiense.
Por orden salarial, las responsabilidades se deben exigir en primer lugar a Bosh, santo y seña de la franquicia y a José Manuel Calderón. El primero, y más tras su experiencia olímpica estaba llamado a liderar a estos Toronto Raptors. Ser el Dwayne Wade de este equipo. Indudablemente, ha fallado en esta tarea. Lejos de predicar con el ejemplo, Bosh ha mostrado públicamente su malestar con la situación del equipo y con sus compañeros.
En la cancha, bajo mi punto de vista, no se le pueden poner muchos peros, de todas formas, su capacidad de liderazgo queda en entredicho. No sólo no ha sido capaz de contagiar su experiencia olímpica, sino que ha caído en la espiral de mediocridad reinante en el equipo.
Tras Bosh debe ser requerido Calderón, quien en mi opinión también debe cargar con una cuota de responsabilidad del fracaso de la temporada. Ya lo dejé claro cuando abordé el tema del base español en el mes de noviembre. La temporada de los Raptors va a la deriva y Calderón sigue sin dar el paso adelante que en mi opinión se le debería exigir.
Recuerdo un partido de domingo por la tarde ante los Orlando Magic en el que Calderón buscó el aro con suspensiones desde toda la pista durante la primera mitad. Rozó la perfección y el equipo se mantuvo colgado al partido. ¿Por qué no siempre José?
Del resto de la plantilla poco que decir. Irregularidad por bandera y pocos argumentos que traer a la mesa. Realmente, sólo me quedo con Bargnani como jugador capaz de alcanzar otro nivel del mostrado esta campaña. Al menos en clave de consistencia y madurez.
Bajo mi punto de vista no se puede apuntar a una sola figura como culpable. Desde el ejecutivo que plantea la temporada de un equipo con supuestas aspiraciones altas con Roko Ukic y Will Solomon como bases reservas, hasta la desidia del último jugador. Pasando, por supuesto, por el jugador franquicia y por el base por el que apostó la organización.
Angulovick
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