No fueron los tres espíritus navideños que concibió Charles Dickens en su popular y célebre “A Christmas Carol”. Fue Pau Gasol, en un día de Navidad quien se apareció en el mejor momento para rubricar su firma de oro en una importantísima victoria para Los Ángeles Lakers. Resolutivo. Providente. Providencial. Depredador. Superlativo. Siete puntos consecutivos, un tapón y una generosa producción defensiva fueron los credenciales del español en los últimos tres minutos del encuentro. Después de un partido gris, Gasol, bien asistido por Kobe Bryant dio un paso adelante en el momento preciso. Cuando más negro parecía el partido para Lakers.
Independientemente de la victoria de los angelinos, y de la excelsa actuación de Gasol, el choque retrató a los Lakers. El conjunto de Phil Jackson funcionó a rachas. Rachas frecuentemente espoleadas por situaciones de caos, de desorden. Resulta un hecho sintomático y curioso cómo comulga la parroquia del Staples con este tipo de juego.
Con poca pizarra, y mucho corazón, los Lakers contagiaron de este delirio a los Celtics, quienes finalmente no pudieron encauzar el encuentro. En muchos tramos del partido, Lakers jugó sin un plan determinado. Por momentos, fue un “si Bryant no lo remedia”, pasando por los clásicos arreones de raza de jugadores de banquillo como Trevor Ariza o Shasa Vujacic y concluyendo con un halo de inspiración divina del mejor Pau Gasol. Y entre medias, lagunas defensivas, problemas en el juego en estático y dificultades, una vez más, para contener a Kevin Garnett.
A pesar de esto, Lakers consiguió hacer las suficientes cosas positivas como para ganar. Además de lo que todos pudimos ver, es digno de destacar el papel en la sombra de Andrew Bynum. El pívot de los Lakers, ausente en las pasadas Finales de la NBA, cumplió su papel intimidador, taponando, dificultando las penetraciones, y descolocando a un ramplón Kendrik Perkins durante toda la noche. La simple presencia de Bynum bajo los tableros condicionó el juego ofensivo de Celtics.
El partido de los vigentes campeones, pese a la derrota, siguió un guión establecido en la mayor parte del enfrentamiento. La circulación de balón fue mejor, los movimientos más rápidos y precisos y el saber a lo que se juega infinitamente superior. No obstante, no supieron dar el golpe de timón necesario al partido para llevarlo a su terreno, alejándolo de lo aleatorio del planteamiento y de la propuesta de los Lakers. Las lagunas de concentración y las pérdidas de balón terminaron por condenar a los de Boston.
Tengo la ligera sospecha de que el partido hubiera tenido un desenlace desigual en un hipotético partido de Playoff, pero eso es otra historia, que con el tiempo ya vendrá. El trabajo de Boston continuará en esta línea. El “Big Three” sigue a lo suyo. Rajon Rondo puede ser el mejor base asistente en transición de toda la NBA. No obstante, sin ritmo, y en cinco contra cinco, sigo pensando que el ex de Kentucky puede ser neutralizado debido a sus carencias en el tiro y su dificultad para sacar ventajas en las penetraciones debido a la presencia de Bynum. Por ahí pueden rascar Kobe y compañía.
Lakers, por su parte, y de cara a un revival en las Finales debe encontrar una fórmula más matemática, más precisa, más definida. En mi opinión, jugar de la manera en la que ayer lo hicieron es jugar a la ruleta rusa en una eliminatoria de Playoff. Intentar salvar una vajilla en un terremoto. Dejar tanto a la improvisación será letal para los angelinos en primavera.
Angulovick
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